Desde la Nostalgia
Hoy escribo desde la nostalgia. Ese sentimiento eterno de pérdida sin olvido que llevamos a cuestas todos los que hemos tenido que dejar algo atrás, una relación, un país, una vida.
A la hora de escribir, de una u otro forma trato de universalizar mis textos llevando el idioma a puntos neutros donde inclusive he intentado traducir palabras o expresiones que simplemente no existen en el léxico universal, solo en el mío. Este no es un de esos textos.
Hoy escribo por que necesito dejar aquí todas las mañanas de este junio que me levanto en retrospectiva. Una y otra vez me bajo de la cama con imágenes pasadas y emociones enterradas. Hago el recorrido de la cama al baño como quien camina los últimos pasos de su vida y contempla con ojos de anciano todo lo que fue y ya no es. Sin juicios ni valores, solo contemplación.
Mientras tecleo sin orden ni concierto los ojos me pican y siento una abrumante necesidad de llorar. Llorar por que duele recordar los días donde todo era distinto, por que la rutina enmascara las huellas del pasado.
Sigo escribiendo y recuerdo las Tardes Felices por Venevisión donde los personajes de Hanna-Barbera se daban turnos de media hora para mantenerme sentado en la alfombra de la sala comiendo galletas y tomando de una Frikajita de “fru ponch”. Las voces de El Pulpo Manotas y de Simiolón y Mistolín suenan tan claras como audio del video de YouTube que corre en el laptop de mi hermana.
Recuerdo las tardes en el estacionamiento del edifico andando en bicicleta con rueditas o jugando béisbol con un palo de escoba y una pelota de goma. Con el tiempo eso se convertiría en “quemao” y esa pelota de goma sería un arma blanca.
Luego la mudanza, escalando en la pirámide alimenticia pasamos de un apartamento cómodo pero pequeño a una casa grande con jardín. Pasamos de un estacionamiento lleno de aventuras a un calle ciega solitaria pero virgen.
Aunque el número de vecinos sufrió bajas sensibles, los que quedamos y las nuevas adquisiciones llevaron al grupo descubrimientos sorprendentes, el garaje de mi casa era una portería perfecta, o las rampas de entrada son métodos de propulsión infalibles.
Con el paso del tiempo aparecen más recuerdos. Los recreos en el patio del colegio, esos 20 minutos que nos devolvían la sanidad mental entre las clases de Física y de Castellano y Literatura. La recompensa de un tequeñon y una Pepsi luego de sobrevivir codos y gritos en la cantina del colegio.
Nace el amor, la inocencia de las manos entrelazadas que mientras sus dueños caminan por el centro comercial sueñan con la intimidad del cine y los besos curiosos en matinée. Cuando poco importaba que vamos a ver, solo que es con ella y que su viejo la pasa dejando a las 3 y la busca a las 5:30.
Ya con el tiempo las reglas cambian y el cine ya no es suficiente, el viejo me odia y ella eventualmente también. No es mi culpa, es la adolescencia, las hormonas o que se yo que mierda es, pero como lo extraño, esa época feliz donde los teléfonos públicos y la eventual carta manuscrita eran lo que determinaban la vida o la muerte.
Pero algunas cosas se mantienen, el cachito de jamón con Rikomalt en la panadería de la esquina sigue siendo parte de la dieta diaria, hoy serían commodities. La Susy estripada en el bolso para sobrevivir las clases los martes en la tarde de computación (MS-DOS y código ASCII), sigue siendo un placer que disfruto aun mientras escribo este post.
Claro que con el tiempo se viene la seriedad, la relación, el compromiso, el trabajo, todo un montón de palabras que saltan a relucir cuando uno se pone a hablar con los “que todavía no estamos tan viejos” o “los que para eso todavía nos falta” sin darnos cuenta que si estamos tan viejos y mas bien nos sobra.
No se me olvidan las vueltas por El Hatillo escuchando Guns en el carro del viejo de Fernando mientras buscábamos un bar donde no nos pidieran la cédula y poder entrar a tomarnos una birra y sentirnos grandes o las salidas undercover a las fiestas en casa de fulano o de mengano por que ella iba a estar.
Saltan a la memoria los flashes de la playa, el apartamento en Rio Chico, la piscina, los amigos de temporada pero con los que todos los Carnavales, Diciembres o Semanas Santas podíamos contar. El primer día siempre era igual, todos en las mesas de la piscina pasando revista para saber quienes habían sido trasladados a otros destinos. Nunca nos hizo falta una dirección de correo electrónico o un SMS.
Luego vino el primer carro, un cacharro adorable y aprueba de tontos. Era sabio el viejo. El primer choque, como que no era tan aprueba o yo era más que tonto. Las imprudencias, el alcohol, la galantería, todas juntas… y el tiempo sigue corriendo.
Hoy escribo desde la nostalgia y a todos y cada uno de ustedes los extraño, en su ausencia dejo espacios que no serán rellenados con amores fugaces. Quedan rincones vacantes que cual monumento dice “En memoria de…”, y en una conversación de sobre mesa en algún lugar del mundo suena una canción de fondo y una sonrisa disimula la lágrima de lo que he dejado atrás, sin juicios ni valores.
Hoy escribo desde la nostalgia y aunque no quiero monumentos ni mausoleos, solo quisiera que cuando leas esto, recuerdes.
June 26, 2008 at 8:22 pm
Mi cachuchita bella y hermosa!!! jajaja que hermoso, me encanto y me llevaste contigo a la nostalgia, ( a la que a todo ser humano siente en lagun momento de la vida) a uno de esos lugares bellos y escondidos donde el primer y el mas dulce de los besos dejo su huella plasmada en el pergamino del alma!
Recibe un abrazo lleno de mucho amor y que te acompañe por siempre!