De repente aparece toda esta locura, esta intensidad que ciega, que me hace perder la noción del tiempo, del espacio…
Duele… el cuerpo? No… algo más algo adentro, la reacción natural del cerebro que avisa, un instinto de supervivencia que pide a gritos una reacción evasiva, que no llega
Lo llaman el “estado animal” cuando pasamos de ser seres con conciencia a seres básicos, a ser regidos por puro instinto… a ser nada más que primitivos.
Mi naturaleza exacta. Algunos lo llaman, la sombra.
Según Jung, la sombra representa uno de los arquetipos de la psiquis humana. Es donde están contenidos todos nuestros deseos que, más débiles y menos adaptados, permanecen fuera de la consciencia, constituyendo así lo que se conoce como subconsciente individual.
Conocer la propia sombra significa desnudar ante nuestros ojos aquello que celosamente nos ocultamos y ocultamos a los demás. Todos los sentimientos considerados moralmente inconvenientes son “archivados” en ese espacio más allá de la consciencia y, por irresueltos, constituyen un fuerte y permanente drenaje de energía.
En los sueños ese arquetipo aparecerá siempre como del mismo sexo del soñante y asumirá actitudes que, en la vigilia, nos horrorizarían. O podrá, según el caso, mostrarnos aptitudes positivas que, por razones socialmente inconvenientes, no nos atrevemos a asumir.
En la sombra “se encuentra lo que reprimimos, pero también aquello que despreciamos al confrontarlo con nuestra individualidad”, pero claro, también hay una sombra colectiva.
El animal encerrado en nuestro subconsciente… lo que nos convierte en manada.


